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Después
de almorzar Consuelo hizo cálculos: “¡Que nos han
timado!”, “¿Pero qué dices?”. “Sí Juan, el
taxista, nos ha timado!”. “Que nos ha cobrado 306
liras”. Hice unas operaciones con la calculadora del móvil
y en efecto, 170 euros por
20 minutos. Ya decía yo que aquí los taxistas
se parecían muchísimo a Gustavo Mascardi y Matías
Aldao... Para impresionar a mi Rubio favorito hice
un juego de palabras: “entre un turco y un truco
apenas hay diferencias”. “Uy Juanito, que tú acabas
ganando el Planeta”.
Atracados pero orgullosos la Rubio y yo nos
pusimos en 5 minutos en la calle peatonal Istiklal (FOTO
6 inferior).
Es como la calle Colón, pero todavía más extraña.
Allí vimos a un montón de chavales que llevaban unas
camisetas donde ponía en la parte trasera “¡Que te
jodan!”. Sí, sí, en español. Creo que es una campaña
del Instituto Cervantes (la sede está en la
plaza Taksim, al acabar Istiklal) para fomentar el español
en Estambul. En Istiklal hay de todo: tiendas de
decoración clavadas a Artikel, La Oca o Bañón;
Benetton; Body Shop; heladerías italianas
carísimas; un colegio de niños bien; tres o cuatro Starbucks;
bancos; mezquitas; tiendas de discos y libros; muchas
tiendas de chocolate, pistachos y delicias turcas (son
como gominolas con higo, almendra y azúcar; a Edu
le compré 3 cajas) y gente con estética punk, islámica,
arty... También hay galerías de arte y una iglesia: la
de San Antonio de Padua, neorrenacentista y donde
entramos, en medio de una misa en polaco, a poner velas
para evitar volver a mutar en Johnny Katanas.
Saliendo vimos el consulado ruso. A nuestro paso la
gente se puso a aplaudir, a vitorear a Consuelo. ¡Se
pensaban que era rusa! Qué cosas tienen los rusos... En
esta ciudad, realmente, todo parecía insólito.
Escarmentados
por la tarifa de los taxistas destarifats
cruzamos la ciudad con un medio muy raro que creo que se
llama tranvía. Pasamos junto al puente Gálata
(repleto de pescadores) (FOTO 5), pasamos por la gran explanada
donde está la mezquita de Yenii (grandiosa; a mí
me cabía ahí un estadio de 70 mil plazas, frente al Cuerno
de Oro y el Bósforo), pasamos por el Bazar
Egipcio (FOTO 2)... y al rato llegamos a la
parte vieja de la ciudad. Teníamos antes nosotros el Gran
Bazar y un Hammam. Como somos una pareja bien
avenida Consuelo se fue para el Gran Bazar y yo al Çemberlitas
Hamami, el más frecuentado, fundado en 1584 por la
sultana Nuru. Me hicieron quitarme la ropa,
ponerme una toallita. Un tipo que se parecía a Bayran
Tutumlu comenzó a preguntarme por cosas que no
entendía y yo le dije lo que quería “woman, woman!”.
Me hizo entrar a una sala vaporosa y cuando esperaba a
la sultana Nuru... Ay mare que me vi a un hombre clavado
a Alberto Martí. El bruto empezó a fregarme,
venga a frotar. “Stop, stop!”, le grité, pero el
animal no paraba. Y venga al fregón, para arriba, para
abajo. Al acabar tuve una sensación placentera, estaba
tan relajado como aquella comida de navidad donde veté
a la SER. Salí y me fui a la puerta principal del Gran
Bazar, junto a dos tiendas contiguas del Fenerbahçe
(qué cansinos están por aquí con Zico y Roberto
Carlos) y el Galatasaray, la una junta a la
otra, donde había quedado con mi Consuelo. A los cinco
minutos apareció. Mare meua qué impresión: siete
bolsas llevaba llenas de té, mucho té; de imanes para
la puerta del frigorífico; de pipas de espuma de mar;
de kilims, que son alfombras a la turca; de cojines para
el sofá y de unos aparatos revolucionarios para limpiar
el cerumen de las orejas por aspersión que había
conseguido sacar por la mitad tras regatearse a un turco.
Tranquilamente
nos piramos hacia la Mezquita Azul y Santa Sofía
(FOTO 1), que ahora es un museo; una mierda de museo
al lado del que vamos a montar en el Nou Mestalla.
De repente desde las mezquitas comenzaron a pegar
berridos en árabe. “Consuelo, corre, corre, escondámonos”.
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“Juan, que esos son los americanos, que se han
enfadado”. “No digas gilipolleces Consuelo, que esa
voz es la de Carlo Cicchella”. “¿Pero Carlo
sabía árabe?”. “Y búlgaro, Consuelo, y búlgaro”.
Al final todo fue un malentendido. Lo de los gritos en
árabe lo hacen 5 veces al día llamando a la oración
desde los alminares. En la Mezquita Azul nos hicieron
quitar los zapatos. ¡Se está de bien...! Consuelo me
dio la idea de cubrir Paterna de alfombras para
que nuestros empleados vayan descalzos y se desestresen,
que falta nos hace. El
problema es que Pepe Claramunt come tramussos
en su despacho y si se le caen al suelo nos mancha el
alfombrado. Le vamos a decir al Cardenal García-Gasco
que o nos deja entrar descalzos a la Catedral o nos
vamos a la Mezquita (aquí las llaman Camii, casi como
los de los helados. Aunque yo soy más de Frigo y
el Frigo Pie).
Por
la noche, y después de un día ajetreado, la Consu me
hizo una proposición: “Juanito, yo tengo ganas de
sentirme joven, ¿te vienes a bailar al Babylon?”.
Me explicó que su amigo Javi Doménech 'el
turco' (periodista de nuestro canal, Canal Nou) le había
recomendado este local de culto, Babylon (nos abstuvimos
de ir a DIP, la otra recomendación, porque allí
en 1999 la mafia montó un tiroteo). Estuvimos horas
bailando hip-hop y house... El fregoteo de Alberto
Martí me ha quitado 20 años de encima.
El siguiente día lo pasamos durmiendo. Hasta el
director del hotel vino a ver si nos ocurría algo.
Consuelo, en camisón, salió a hablar con él y lo aclaró
todo, “Mr Soler is tired”. A la salida de la luna,
para airearnos, fuimos a una zona universitaria, en el
barrio de Beyazit, donde nos sentamos a fumar
Narguile, que es una pipa de agua que echa muchísimo
humo. Consuelo, así de primeras, era reticente, como
siempre: “Juan que mira el disgusto que nos llevamos
en Ámsterdam por las setas secas”. “Si esto
es sano, chica. Además, un día es un día”. La
convencí y los dos comenzamos a chupar nuestras
respectivas boquillas. Qué humareda, Dios. En Estambul,
como no tienen Taula Esportiva ni Murciélago
(lo que hay son gatos, una invasión) se vienen por las
noches a estos jardines del té, a fumar, a beber té
rojo y a tertuliar.
En
nuestra última jornada no quisimos despedirnos de esta
ciudad sin recorrer el Bósforo a bordo de un barquito.
Fuimos hasta los muelles de Eminonü y nos
subimos a uno de los barcos. Yo llamé a Tito Bau
para ver si antes de irnos podía enviar a Roberto N.
Cataluña hasta aquí. Consuelo quería salir en la
portada del Super con los pies descalzos y con la
silueta de las mezquitas de espalda. Entre una cosa y
otra no pudo ser (creo que Bau está enfadado
conmigo...). Nosotros salimos y comenzamos a recorrer el
canal del Bósforo. Un solecito más bueno hacía... y
un traqueteo... Consuelo se quedó flipada con los
chalets que habían en las riberas.
Quien tiene dinero
tiene una parcelita a orillas del Bósforo. Y así, con
el sol sonriéndome en la cara (no sé, pero últimamente
todos me sonríen), Consuelo me hizo una revelación:
“mira Juan, a los niños los tenemos crecidísimos, Morera está deseando ser presi,
tú tienes mucha ansiedad por culpa del fútbol, , ¿por qué no compramos un chalet aquí y nos quedamos a
vivir? Por la mañana estaríamos en el chalet, por la tarde de compras a
Istiklal o a los bazares, y por la noche... ¡a fumar
narguiles y al Babylon!”. “Mi querida presidenta
consorte, amada Consuelo, antes tenemos que acabar
nuestra obra. No olvides que soy el Atatürk del
valencianismo, el padre de la patria ché”.
Y entonces
una gaviota enviada por Manolo Llorente excrementó
sobre nuestras 'gorras manta' de Lacoste compradas
en el Gran Bazar. Nunca nos dejarán tranquilos. Qué
mierda”.
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